A las 7 de la noche en la bodega enorme de la Séptima con 55 donde funciona la academia de Capoeira ‘Nativos de minas’, los estudiantes se preparaban para una nueva lección. Inmediatamente llegué fui abordada por varios empleados de la academia que insistían en darme una lección gratis, “sin compromiso”, para que decidiera matricularme. Les reiteré varias veces que sólo quería quedarme a ver una clase, y por fin se resignaron y haciendo me ofrecieron el piso como asiento y se fueron.
Finalizaba en ese momento una clase para niños como de ocho años. Estaban acalorados y hacían los ejercicios de estiramiento con dificultad. La exigencia de la clase era alta pero estaban contentos, tal vez de salir de ella. Al otro lado del salón, cinco mamás esperaban a sus hijos con botellas de líquido en las manos y las maletas del colegio.
De pronto, un moreno de pelo enredado caminó hacia un instrumento musical ubicado en un rincón del gran salón. Era raro: Un tambor alto de madera, forrado en cuerda. El hombre golpeó la superficie del tambor rápidamente por unos segundos y los que estaban en la pista de ejercicios se retiraron aliviados. Esa era la señal para cambiar de clase. Esperé a que apareciera alguien para la siguiente clase, pero ya estaban ahí, en el piso de arriba, que no alcanza a ser un piso sino una especie de altillo al que se llega por unas escaleras metálicas en espiral.
6 personas, tres hombres y tres mujeres bajaron por la empinada escalinata. Estaban impecablemente uniformados, con pantalones blancos y anchos que eran sostenidos por una cuerda trenzada de color verde que usaban como cinturón. Los hombres eran todos muy altos y dos de ellos tenían el pelo largo. No expresaban prisa por iniciar la clase y era imposible todavía identificar al profesor.
El salón en casi su totalidad está dedicado al área de ejercicios, que consiste en un tapete de recuadros rojos y anaranjados en un material parecido al foami; en una de las paredes hay un espejo que la ocupa casi totalmente y que está roto en una esquina. Por la forma del agujero parece haber sido causado por una patada voladora. El salón tiene un aire bohemio, relajado, como la música de percusión que nunca se apaga, incluso cuando no se está dictando clase.
Sin ninguna separación, está al lado del tapete de ejercicios una sección de casilleros metálicos, muchos no cierran y otros dan la sensación de estar cayéndose. La luz blanca y brillante que ofrecen dos lámparas muy grandes que caen del techo, deja ver que al lado de los casilleros hay una serie de instrumentos que no se parecen a ningún otro. Unos palos largos de los que están amarrados cuerdas como las de guitarra, óvalos hechos en guadua como una especie flauta y objetos geométricos de madera maciza.
En ese momento apareció caminando a toda prisa una joven como de unos 20 años, de pelo negro, blanca, con ojeras y muy delgada. Probablemente, ella también había tenido un mal día. Era evidente por las manchas rojas que coloreaban su nariz y sus párpados, que había estado llorando. Tenía el ceño profundamente fruncido, los labios contraídos, los puños apretados y marcaba los pasos sobre el piso con mucha fuerza. Venía con el uniforme de Capoeira puesto y cuando sus compañeros la saludaron ella frunció todavía más el ceño, esbozó una sonrisa de mentiras, botó la maleta al piso, se cogió una cola de caballo y pronunció una sarta de groserías al aire y sin sonido.
El profesor, que finalmente era uno de los hombres altos de pelo largo que había bajado por las escaleras, empezó a hablar en portugués y de un brinco todos estaban en sus posiciones, tomando distancia.
El profesor, que tenía la voz dulce y se veía más joven que sus alumnos, gritó una palabra en portugués, irreconocible, y entonces todos empezaron a hacer el paso básico de la Capoerira. Consiste en deslizar diagonalmente los pies en punta hacia atrás. Ellos le agregaban un movimiento característico. La joven del pelo negro parecía que flotaba, los pies le daban ligereza al cuerpo que se inclinaba suavemente dirigido por los pies. Por el espejo se veía todavía su mirada perdida, como en otro mundo, mientras el resto se movía por inercia. De nuevo una palabra rara y el paso se aceleró, pero esta vez lanzaban puños hacia el frente que alternaban las manos abiertas y cerradas. Otra vez un grito, y con la pierna derecha estirada hacían un círculo vertical en el aire que era acompañado por la mano extendida. La mujer del ceño fruncido relajaba un poco los músculos de la frente.
Con otra instrucción inentendible hicieron una fila y uno por uno, guiado por el profesor, se lanzaba de espaldas al vacío y formaba un puente con la espalda, se levantaba rápidamente sin sentarse y el movimiento se repetía avanzando. De pronto en la niña ya no había arrugas entre las cejas, hizo contacto visual con sus compañeros quienes ya empezaban a sudar y que tenían los pantalones que antes eran blancos, grises. Se reían porque no todos podían, otros se caían sin quejarse y entre ellos se hacían porras, menos la del pelo negro.
Volvieron a sus puestos y continuaban levantando manos y pies a gran velocidad y al ritmo de una música trival brasilera que sonaba de fondo. Consistía en cantos, tal vez lamentos que eran acompañados por tambores.
Otra vez una palabra rara:¡Fashá!, dijo el profesor y todos, a excepción de la joven que llegó molesta, hicieron mala cara. Ella como primera voluntaria se ubicó al lado del profesor, apoyó la cabeza y las manos sobre el piso y elevó las piernas, el profesor ayudó a ubicarlas en forma de L y luego ella sola comenzó a girar todo el cuerpo usando los brazos. Todos aplaudieron y por primera vez, ella sonrió de verdad.
El estiramiento fue doloroso para algunos que no lograban abrirse totalmente de piernas y que en consecuencia eran empujados hacia abajo por el profesor y todo su peso. Se escuchó a las 8 el sonido del tambor grande y todos se apresuraron a tomar agua.
La cara de la joven había tomado un color rosado, las arrugas habían desaparecido, las manos se movían sueltas y libres mientras ella en un rincón hablaba y se reía con sus compañeros.
Luego de un momento de recreación todos se abrigaron y salieron juntos a la carrera séptima. Estaban relajados, tranquilos, sin problemas.
Era envidiable, pero también era evidente el cambio de actitud y de gestos en la joven. Tal vez más que un deporte, más que un danza, más que dar un puño o una patada, es una terapia. Sirve para eliminar los dolores y las rabias, para dejarlas flotando con un movimiento y continuar con la ajetreada vida en una ciudad contaminada y un tanto agobiante.