viernes, 21 de octubre de 2011

Cambio a narrador periférico "Una terapia de patadas y danzas"

A las 7 de la noche en la bodega enorme de la Séptima con 55 donde funciona la academia de Capoeira ‘Nativos de minas’, los estudiantes se preparaban para una nueva lección. Inmediatamente llegué fui abordada por varios empleados de la academia que insistían en darme una lección gratis, “sin compromiso”, para que decidiera matricularme. Les reiteré varias veces que sólo quería quedarme a ver una clase,  y por fin se resignaron y haciendo me ofrecieron el piso como asiento y se fueron.
Finalizaba en ese momento una clase para niños como de ocho años. Estaban acalorados y hacían los ejercicios de estiramiento con dificultad. La exigencia de la clase era alta pero estaban contentos, tal vez de salir de ella. Al otro lado del salón, cinco mamás esperaban a sus hijos con botellas de líquido en las manos y las maletas del colegio.
De pronto, un moreno de pelo enredado caminó hacia  un instrumento musical ubicado en un rincón del gran salón. Era raro: Un tambor alto de madera, forrado en cuerda. El hombre golpeó la superficie del tambor rápidamente por unos segundos y  los que estaban en la pista de ejercicios se retiraron aliviados. Esa era la señal para cambiar de clase. Esperé a que apareciera alguien para la siguiente clase, pero ya estaban ahí, en el piso de arriba, que no alcanza a ser un piso sino una especie de altillo al que se llega por unas escaleras metálicas en espiral.
6 personas, tres hombres y tres mujeres bajaron por la empinada escalinata. Estaban impecablemente uniformados, con pantalones blancos y anchos que eran  sostenidos por una cuerda trenzada de color verde que usaban como cinturón. Los hombres eran todos muy altos y dos de ellos tenían el pelo largo. No expresaban prisa por iniciar la clase y era imposible todavía identificar al profesor.
El salón en casi su totalidad está dedicado al área de ejercicios, que consiste en un tapete de recuadros rojos y anaranjados en un material parecido al foami; en una de las paredes hay un espejo que la ocupa casi totalmente y que está roto en una esquina. Por la forma del agujero parece haber sido causado por una patada voladora. El salón tiene un aire bohemio, relajado, como la música de percusión que nunca se apaga, incluso cuando no se está dictando clase.
Sin ninguna separación, está al lado del tapete de ejercicios una sección de casilleros metálicos, muchos no cierran y otros dan la sensación de estar cayéndose. La luz blanca y brillante que ofrecen dos lámparas muy grandes que caen del techo, deja ver que al lado de los casilleros hay una serie de instrumentos que no se parecen a ningún otro. Unos palos largos de los que están amarrados cuerdas como las de guitarra, óvalos hechos en guadua como una especie flauta y objetos geométricos de madera maciza.
En ese momento apareció caminando a toda prisa una joven como de unos 20 años, de pelo negro, blanca, con ojeras y muy delgada. Probablemente, ella también había tenido un mal día. Era evidente por las manchas rojas que coloreaban su nariz y sus párpados, que había estado llorando. Tenía el ceño profundamente fruncido, los labios contraídos, los puños apretados y marcaba los pasos sobre el piso con mucha fuerza. Venía con el uniforme de Capoeira puesto y cuando sus compañeros la saludaron ella frunció todavía más el ceño, esbozó una sonrisa de mentiras, botó la maleta al piso, se cogió una cola de caballo y pronunció una sarta de groserías al aire y sin sonido.
El profesor, que finalmente era uno de los hombres altos de pelo largo que había bajado por las escaleras, empezó a hablar en portugués y de un brinco todos estaban en sus posiciones, tomando distancia.
El profesor, que tenía la voz dulce y se veía más joven que sus alumnos, gritó una palabra en portugués, irreconocible, y entonces todos empezaron a hacer el paso básico de la Capoerira. Consiste en deslizar diagonalmente los pies en punta hacia atrás. Ellos le agregaban un movimiento característico. La joven del pelo negro parecía que flotaba, los pies le daban ligereza al cuerpo que se inclinaba suavemente dirigido por los pies. Por el espejo se veía todavía su mirada perdida, como en otro mundo, mientras el resto se movía por inercia. De nuevo una palabra rara y el paso se aceleró, pero esta vez lanzaban puños hacia el frente que alternaban las manos abiertas y cerradas. Otra vez un grito, y con la pierna derecha estirada hacían un círculo vertical en el aire que era acompañado por la mano extendida. La mujer del ceño fruncido relajaba un poco los músculos de la frente.
Con otra instrucción inentendible hicieron una fila y uno por uno, guiado por el profesor, se lanzaba de espaldas al vacío y formaba un puente con la espalda, se levantaba rápidamente sin sentarse y el movimiento se repetía avanzando. De pronto en la niña ya no había arrugas entre las cejas, hizo contacto visual con sus compañeros quienes ya empezaban a sudar y que tenían los pantalones que antes eran blancos, grises. Se reían porque no todos podían, otros se caían sin quejarse y entre ellos se hacían porras, menos la del pelo negro.
Volvieron a sus puestos y continuaban levantando manos y pies a gran velocidad y al ritmo de una música trival brasilera que sonaba de fondo. Consistía en cantos, tal vez lamentos que eran acompañados por tambores.
Otra vez una palabra rara:¡Fashá!, dijo el profesor y todos, a excepción de la joven que llegó molesta, hicieron mala cara. Ella como primera voluntaria se ubicó al lado del profesor, apoyó la cabeza y las manos sobre el piso y elevó las piernas, el profesor ayudó a ubicarlas en forma de L y luego ella sola comenzó a girar todo el cuerpo usando los brazos. Todos aplaudieron y por primera vez, ella sonrió de verdad.
El estiramiento fue doloroso para algunos que no lograban abrirse totalmente de piernas y que en consecuencia eran empujados hacia abajo por el profesor y todo su peso. Se escuchó a las 8 el sonido del tambor grande y todos se apresuraron a tomar agua.
La cara de la joven había tomado un color rosado, las arrugas habían desaparecido, las manos se movían sueltas y libres mientras ella en un rincón hablaba y  se reía con sus compañeros.
Luego de un momento de recreación todos se abrigaron y salieron juntos a la carrera séptima. Estaban relajados, tranquilos, sin problemas.
Era envidiable, pero también era evidente el cambio de actitud y de gestos en la joven. Tal vez más que un deporte, más que un danza, más que dar un puño o una patada, es una terapia. Sirve para eliminar los dolores y las rabias, para dejarlas flotando con un movimiento y continuar con la ajetreada vida en una ciudad contaminada y un tanto agobiante.

Entrevista con un personaje de "Desayuno con Jonn Lennon y otras crónicas del rock"

Me encontraba en un inesperado viaje sin plata por los Estados Unidos. Estaba en las vacaciones de una exigente pero excelente maestría en periodismo literario que se llevaba a cabo en ese país, cuando mis compañeros gringos decidieron enseñarme un poco de la cultura del norte con el objetivo de disipar mi nostalgia por la salsa, el merengue y el sabor de Colombia.
Era un verano donde todos, menos yo, estaban colorados y un tanto deshidratados. Habíamos pasado por Arizona, Nuevo México, Texas y por fin se acababa mi tormento de unas vacaciones sin bañarme, sin vallenato y con gringos.
Eso era lo que yo creía. El día que partíamos de ese desierto de música country, unos hippies borrachos  se acercaron a nuestra van y arrojaron por la ventana del copiloto boletas para el concierto de una tal Janice Joplin.
Un grito unísono proveniente de todos mis amigos me dejó sorda por un par de segundos y luego me atreví a preguntar quién era la hippie loca que aparecía en los papeles. Y como si hubiera insultados a sus madres, mis compañeros de viaje emitieron sonidos desconocidos todavía para mis oídos latinos, pero por su expresión comprendí que no debí haber dicho nada.
Así que hicimos escala una vez más en Lafayette, una pequeña ciudad de Luisiana. Parqueamos en un terreno enorme, donde acampaban miles de jóvenes más en nuestro mismo plan. Algunos llevaban ahí varios días. No les importaba traer la misma ropa desde el mes pasado o no tener ni una gota de agua para bañarse o beber. Todo estaba bien si quedaba alcohol, marihuana y mucha paz.
Esa noche era el excesivamente esperado concierto de Janis. Todos decían que aunque no era linda, tenía la mejor voz de todo el mundo y que sus conciertos era una experiencia increíble.
A las 8 p.m. un reflector súper potente iluminó la cara demacrada y cansada de todos los asistentes y  las miradas se dirigieron al improvisado escenario, donde ya estaba puesto el micrófono y los instrumentos de fondo.
Mis amigos se habían compadecido de mi baja estatura y habían logrado introducirme en la primera fila.
De pronto el redoble de tambores, los gritos ensordecedores, el movimiento de luces y allí estaba ella. Una pequeña mujer envuelta en trapo de colores, collares, botas militares y un par de anteojos redondos que impedían la visualización de la pequeña cara. De repente yo estaba sumergido en el etéreo mundo de Joplin.
Y entonces cantó Summertime y todo se redujo a mirarla y a investigar cómo era posible que semejante vozarrón saliera de ese diminuto cuerpo y cómo era posible que una canción tan ajena a mí lograra erizarme todo.
Entré en un trance junto a esa mujer que no dejaba de lanzar patadas al aire y bailar bruscamente con la base del micrófono. En un segundo todo acabó y por un impulso me introduje en los camerinos. Nadie parecía notarme, todos corrían y de repente sentí que alguien rapaba de mis manos un termo con agua que llevaba. Era Janice, evidentemente sedienta.
Me miró mientras tomaba y le dije –hola- me gustó lo que hiciste allá afuera.
Sin bajar la mirada, endureció la expresión y no me dijo nada.
-Soy de Colombia- le dije y de nuevo su mirada se suavizó. –Pero si eres africana por qué no eres negra-.
Le expliqué la ubicación de mi país y parecía impresionada, no sé por qué.
Me agarró del brazo y me sentó en un rincón, en el piso.
JJ:¿ Cómo llegaste hasta acá?
AG: La verdad no sé. No sabía quién eras, supongo que fue presión de grupo.
Frunció el ceño
JJ: ¿Por qué me dices la verdad?
AG: Porque tengo nervios y no sé decir mentiras en inglés.
Rió un poco.
AG: ¿Dónde aprendiste a cantar así?
JJ: Llorando.
Entonces me acordé de mi profesión y entendí que aquella era una entrevista, la más difícil de mi vida.
AG: Entonces has tenido que llorar mucho, pero no entiendo por qué alguien como tu llora. Tienes absolutamente todo.
Sus mejillas redondas y escurridas temblaron, abrió su boca estirada hacia los lados e hizo lo que yo llamaría un puchero.
JJ: Si viniste a criticar ¿ por qué mejor no te vas? No necesito otra perra que me diga lo que tengo que hacer.
AG: Perdón (bajé la cabeza). Entonces explícame por qué lloras.
JJ: Por los hombres (se quitó las gafas redondas y destapó dos ojos ovalados y verdes irritados por las lágrimas o la droga)
AG: Increíble que vengamos de mundos tan diferentes y suframos por lo mismo.
Rió
JJ: Igual si no existieran yo no sería feliz.
AG: ¿Por qué?
JJ: Porque soy fea y soy famosa por gritar duro.
AG: Yo soy fea y no soy famosa, creo que ahí gané.
Rió de verdad, arrugó los ojos y mostró los dientes amarillos.
JJ: Pero tu pelo no es como el mío (se agarró la melena larga y esponjaba que le caía sobre la espalda) Ves? Es horrible, no lo puedo controlar, me gustaría cortármelo pero entonces ya no podría moverlo cuando canto.
AG: La gente te ama con el pelo que sea.
JJ: No, la gente ama la idea de mi. O sino no estaría sola o hablando con alguien que acabo de conocer. La verdad es que todos los que trabajan acá son unos desgraciados que se creen hippies, pero en verdad quieren ser ricos, tener un chihuahua y una casa Beverly Hills.
AG: Entonces, ¿tienes novio?
JJ: Tengo muchos y muchas, demasiados diría yo. Mi problema es que doy todo a todos. Cada vez que salgo a cantar, lo hago.
AG: Y ¿qué pasa cuando no estás allá arriba?
JJ: Básicamente no existo, ni siento, ni veo, ni sufro ni soy feliz. (Me enseñó su muñeca izquierda. Dos esparadrapos la ahorcaban) ¿Ves? Eso es lo que hago cuando estoy sola, pero ni siquiera puedo matarme… ni eso logro. Tengo las mismas cicatrices en las piernas, ¿quieres verlas?.
AG: No, gracias. P>ero por qué te cortas las piernas, así no creo que tu muerte sea muy exitosa.
JJ: En esta vida sólo hay dos opciones. Morir o volar. Tal vez si me corto las piernas, que son las que me atan a este mundo de mierda, pueda volar.
(La sorpresa me invadió el rostro y no puede evitar comparar mi cordura con su envidiable locura)
AG: ¿Sabes? Nunca se me había ocurrido. Si tuviera tus ideas escribiría un libro.
JJ: ¡Ah! Ya lo escribí. Está escondido debajo de la gaveta de mi ropa interior. Creo que eres la primera en saberlo. Si me muero, ya sabes cómo hacerte rica. (Hizo un gesto burlón)
AG: Y ¿qué cosas escribiste en él?
JJ: Todo. Desde mi primer perro hasta tal vez tú.
(Se quitó las dos boas de plumas que adornaban su blanco cuello, una camiseta de algodón blanco cubría su anoréxico torso y su diminuto busto).
AG: ¿Y en qué gastas toda la plata que ganas en esto?
JJ: La mayoría se la roban. Lo que queda me la fumo. ¿Sabes qué? Quiero que te vayas, ya me aburrí.
AG: Ok, Janice. Intenta no morir o volar muy pronto, o por lo menos no antes de terminar tu libro.
(Me agarró la mano, y la apretó con sus uñas sucias y roídas. Como si supiera que no alcanzaría a terminar de escribirlo, como si supiera que un día yo estaría escribiendo esto).
JJ: Yo sólo quiero sentirme bonita una vez.( Y se le empañaron los ojos tristes).
AG: Cada parte de ti lo es.
Y me soltó la mano, quedó tendida en el piso como sin esperanzas de poder volar y a los pocos días, mi nueva amiga había escogido la otra opción de la vida, la muerte. Por fin lo había logrado.







Conversación con Daniel Arias

En una escondida bodega de la Séptima, un grupo de jóvenes se reúne a hacer buena música todos los martes a las 7 de la noche. Había escuchado que eran ellos uno de los únicos grupos que le dedicaba un poco de tiempo a la samba, a la romántica y dulce que parece extinguirse entre los gritos y bailes del Carnaval de Rio.
Como esperaba, encontré a cuatro hombres de mi edad que entonaban una canción de Vinicus de Moraes, Voce abusou. Lejos y detrás de la batería, en el fondo del iluminado y polvoriento salón estaba Daniel “El genio”, le dicen así porque a sus 21 años sabe más de música que cualquier experto.
Cuando terminaron la canción, se acercaron los cuatro y le expliqué al cantante que quería hablar con alguno de ellos sobre la música y la samba. “Aquí el que más sabe es Daniel. El man es un duro y es al único que no le da pena”. Y efectivamente Daniel se acercó con una sonrisa enorme y hablando duro, se sentó junto a mi en el piso y brindamos con una cerveza.
AG: Me dijeron que eres el que más sabe de samba. ¿Te importa si te grabo?
(seguía con la sonrisa enorme)
DA: (Risas) No, quién sabe, en unos años te puedes hacer rica con eso. Bueno, lo que yo te puedo decir es sobre percusión, sobre lo mío. La samba tiene de raíces africanas, indígenas precolombinas, y europeas, sobretodo de Portugal. Empieza de manera muy rústica con la llegaba de los esclavos africanos a América, en forma de cantos y rituales dirigidos por la percusión como protagonista. Sin embargo, instrumentos de cuerda acompañan la melodía. Se agrega entonces un componente musical importante que le da a la samba un toque rítmico de percusión.
AG: Discúlpame la ignorancia, pero ¿cuáles son los instrumentos de percusión de la samba?
El pandeiro, la tambora, el redoble  y …. Se me olvidó el otro (risas). Pero yo los toco todos, el caso. Son los que marcan el ritmo de la samba que se puede dividir en música romántica con influencias del fandango europeo y música 2/4 de velocidad o ritmo continuo.
AG: Tengo entendido que estudias administración, ¿cómo puedes saber tanto de música?
DA: Mujer, soy músico por ilusión y amor, y baterista de planta. Cuando pequeño estuve en Brasil y vi la samba en su estado natural. Créeme que es algo que me ha gustado siempre. Además en el CESA también dan clases de historia de la música.
AG: Y ese amor del que tu me hablas ¿es a la música o es la inspiración?
DA: Son las dos. Yo creo que la música y el amor se hicieron al tiempo, sobretodo la samba. No hay nada que signifique que una canción en la voz de Caetano Veloso. A mi el amor me ha servido, cuando lo tengo y cuando no. Pero si te puedo decir que la felicidad y el dolor del amor sólo se puede describir con música. Aunque la verdad es que me han roto el corazón tantas veces que creo que mi único y verdadero amor es la música.
AG: Me llama la atención tu banda, primero no tiene nombre y segundo tocan samba vercao en vez de tropipop.
DA: Este es un proyecto musical sin nombre, sin razón de ser, sólo es… Nuestra música es la integración de gustos y de similitudes pero aquí donde me ves toco vallenato. Mi instrumento favorito es un acordeón y Wisin y Yandel me parecen la ‘chimba’. Lo que te digo es que no tocamos samba por revelarnos y por ser diferentes, tocamos porque eso envuelve una cultura y una forma de vida de la cual queremos de algún modo, hacer parte.
AG: Definitivamente eres un amante de la música…
DA: Soy el fan número uno de la música. Va de la mano conmigo, al punto quue no es un simple hobby, es parte fundamental de mi vida. Entonces se vuelve un complemento en todos los aspectos, y siempre estoy explorando nuevas cosas , empecé con batería, hoy estoy con tamboras y acordeón, mañana no sé…
Y así, con el último sorbo de cerveza se terminó la charla y partí satisfecha con un personaje de esos que no se pueden dejar pasar, con un loco por la música, un administrador y un colombiano que sueña con un cielo brasilero sin olvidar su suelo patrio.





jueves, 22 de septiembre de 2011

La Samba

Los orígenes de la Samba nos remontan a Angola en África. La etnia bantú que se ubicaba en esa región creó un ritmo sincopado armonizado por instrumentos de percusión y cantos tribales que iban acompañados por el baile, el principal elemento de la samba como la conocemos, que en ese entonces consistía en la frotación de los ombligos.
Era una danza de la fecundidad y con ella pretendían alabar a los dioses para que aumentara la fertilidad de las mujeres de la tribu.
A finales del siglo XIX y principios del XX la samba llega a Bahía en Brasil a través de las familias africanas que migraban a América Latina. Con la llegada de la samba a Brasil el sentido sagrado del ritmo se va perdiendo y adquiere un tono popular al ser mezclado con la música candomblé, propia de Brasil y el género preferido de las fiestas en las favelas.
Cuando la samba se propaga hasta Rio de Janeiro, entonces capital de Brasil, empiezan a surgir autores e intérpretes reconocidos que le agregan letras compuestas al ritmo, el que previamente era improvisado en las reuniones. Es entonces cuando son reconocidos los dos primeros intérpretes formales del género, Sinho y Pinxinha.
En el año de 1917  Donga y Mauhro Almeida graban la primera canción de samba: Pelo telefone. Con la grabación del disco, la samba sale de las favelas y llega a las clases sociales más altas de la capital. Unos años más tarde la samba es institucionalizada por el presidente Getulio Vargas como el ritmo nacional de Brasil y se convierte en el símbolo de los carnavales cariocas de Rio.
Con el tiempo y las mezclas de género han surgido tres tipos de samba. El primero es la samba cancao, que se caracteriza por ser sentimental y tener un ritmo lento y melancólica. De hecho 'Pelo telefone' es un ejemplo de este ritmo. Mario Reis y Carmen Miranda. son los principales representantes.
El segundo tipo es la samba exaltacao que como su nombre lo expresa, exalta la cultura brasilera y el orgullo de haber nacido en el país. En tercer lugar se encuentra la samba reggae. Uno de sus principales representantes, Gilberto Gil, es reconocido a nivel mundial. El propósito de este ritmo es unir a la raza negra latinoamérica en distintas fusiones con otros géneros. De ahí que hayan elementos de la samba en la champeta y en la salsa, en el caso de Colombia.
La samba llega a nuestro país principalmente por la comercialización del Caranaval de Rio. Gracias al desarrollo de los medios de comunicación, se populariza el género en Colombia y se crean escuelas de baile y Capoeira. La principal de esas escuelas es Casa de Artes Brasileiras 'Beco du Samba', en la ciudad de Bogotá.

Una terapia de golpes y danzas

Llegué alrededor de las 7 de la noche a la bodega enorme de la Séptima con 55 donde funciona la academia de Capoeira ‘Nativos de minas’. Inmediatamente fui abordada por varios empleados de la academia que insistían en darme una lección gratis, “sin compromiso”, para que decidiera matricularme. Les reiteré varias veces que sólo quería quedarme a ver una clase,  y por fin se resignaron y de mala gana me ofrecieron el piso como asiento y se fueron.
Finalizaba en ese momento una clase para niños como de ocho años. Estaban acalorados y hacían los ejercicios de estiramiento con dificultad. La exigencia de la clase era alta pero estaban contentos, tal vez de salir de ella. Al otro lado del salón, cinco mamás esperaban a sus hijos con botellas de líquido en las manos y las maletas del colegio.
De pronto, un moreno de pelo enredado caminó hacia a un instrumento musical ubicado en un rincón del gran salón. Era desconocido para mí: Un tambor alto de madera, forrado en cuerda. El hombre golpeó la superficie del tambor rápidamente por unos segundos y  los que estaban en la pista de ejercicios se retiraron aliviados. Esa era la señal para cambiar de clase. Esperé a que apareciera alguien para la siguiente clase, pero ya estaban ahí, en el piso de arriba, que no alcanza a ser un piso sino una especie de altillo al que se llega por unas escaleras metálicas en espiral.
6 personas, tres hombres y tres mujeres bajaron por la empinada escalinata. Estaban impecablemente uniformados, con pantalones blancos y anchos que eran  sostenidos por una cuerda trenzada de color verde que usaban como cinturón. Los hombres eran todos muy altos y dos de ellos tenían el pelo largo. No expresaban prisa por iniciar la clase y yo todavía no identificaba al profesor.
El salón en casi su totalidad está dedicado al área de ejercicios que consiste en un tapete de recuadros rojos y anaranjados en un material parecido al foami; en una de las paredes hay un espejo que la ocupa casi totalmente y que está roto en una esquina. Por la forma del agujero parece haber sido causado por una patada voladora. El salón tiene un aire bohemio, relajado, como la música de percusión que nunca se apaga, incluso cuando no se está dictando clase.
Sin ninguna separación está al lado del tapete de ejercicios una sección de casilleros metálicos, muchos no cierran y otros dan la sensación de estar cayéndose. La luz blanca y brillante que ofrecen dos lámparas muy grandes que caen del techo, dejan ver que al lado de los casilleros hay una serie de instrumentos que no se parecen a ninguno de los que conozco. Unos palos largos de los que están amarrados cuerdas como las de guitarra, óvalos hechos en guadua como una especie flauta y objetos geométricos de madera maciza.
Cuando estaba distraída tratando de identificar los extraños objetos, apareció caminando a toda prisa una joven como de unos 20 años, de pelo negro, blanca, con ojeras y muy delgada. Probablemente como yo, ella también había tenido un mal día. Era evidente por las manchas rojas que coloreaban su nariz y sus párpados que había estado llorando. Tenía el ceño profundamente fruncido, los labios contraídos, los puños apretados y marcaba los pasos sobre el piso con mucha fuerza. Venía con el uniforme de Capoeira puesto y cuando sus compañeros la saludaron ella frunció todavía más el ceño, esbozó una sonrisa de mentiras, botó la maleta al piso, se cogió una cola de caballo y pronunció una sarta de groserías al aire y sin sonido.
Para completar mi confusión, el profesor, que finalmente era uno de los hombres altos de pelo largo que había bajado por las escaleras, empezó a hablar en portugués y de un brinco todos estaban en sus posiciones, tomando distancia.
El profesor, que tenía la voz dulce y se veía más joven que sus alumnos, gritó una palabra en portugués, irreconocible para mí, y entonces todos empezaron a hacer el paso básico de la Capoerira. Consiste en deslizar diagonalmente los pies en punta hacia atrás. Ellos le agregaban un movimiento característico. La joven del pelo negro parecía que flotaba, los pies le daban ligereza al cuerpo que se inclinaba suavemente dirigido por los pies. Por el espejo se veía todavía su mirada perdida, como en otro mundo, mientras el resto se movía por inercia. De nuevo una palabra rara y el paso se aceleró, pero esta vez lanzaban puños hacia el frente que alternaban las manos abiertas y cerradas. Otra vez un grito y con la pierna derecha estirada hacían un círculo vertical en el aire que era acompañado por la mano extendida. La mujer del ceño fruncido relajaba un poco los músculos de la frente.
Con otra instrucción inentendible hicieron una fila y uno por uno, guiado por el profesor, se lanzaba de espaldas al vacío y formaba un puente con la espalda, se levantaba rápidamente sin sentarse y el movimiento se repetía avanzando. De pronto en la niña ya no había arrugas entre las cejas, hizo contacto visual con sus compañeros quienes ya empezaban a sudar y que tenían los pantalones que antes eran blancos, grises. Se reían porque no todos podían, otros se caían sin quejarse y entre ellos se hacían porras, menos la del pelo negro.
Volvieron a sus puestos y continuaban levantando manos y pies a gran velocidad y al ritmo de una música trival brasilera que sonaba de fondo. Consistía en cantos, tal vez lamentos que eran acompañados por tambores.
Otra vez una palabra rara:¡Fashá!, dijo el profesor y todos, a excepción de la joven que llegó molesta, hicieron mala cara. Ella como primera voluntaria se ubicó al lado del profesor, apoyó la cabeza y las manos sobre el piso y elevó las piernas, el profesor ayudó a ubicarlas en forma de L y luego ella sola comenzó a girar todo el cuerpo usando los brazos. Todos aplaudieron y por primera vez, ella sonrió de verdad.
El estiramiento fue doloroso para algunos que no lograban abrirse totalmente de piernas y que en consecuencia eran empujados hacia abajo por el profesor y todo su peso. Se escuchó a las 8 el sonido del tambor grande y todos se apresuraron a tomar agua.
La cara de la joven había tomado un color rosado, las arrugas habían desaparecido, las manos se movían sueltas y libres mientras ella en un rincón hablaba y  se reía con sus compañeros.
Luego de un momento de recreación todos se abrigaron y salieron juntos a la carrera séptima. Estaban relajados, tranquilos, sin problemas.
Envidié su estado y su capacidad de movimiento, la elasticidad, la concentración y sobretodo la buena energía de las personas que encontré en el lugar. El tema de esta descripción es la armonía y la paz interior que le ofrece la capoeira a quiénes tienen rabia y tensión.







lunes, 19 de septiembre de 2011

Apuntes y reflexiones sobre el periodismo

Basándome en los textos de Leila Guerriero, 'Arbitraria' y 'Sobre algunas mentiras del periodismo', me doy cuenta que en comparación con ella no sé mucho sobre este oficio, pero sé que me encanta y basta con el amor  a algo para alcanzarlo. Leila Guerriero jamás pasó por una facultad de periodismo y escribe en mi revista favorita de todo el mundo, 'El malpensante', Leila no hizo cursos, una especialización o un master pero yo le creo cuando me dice que para ser periodista hay que matar una cosa viva "sean responsables de la muerte. Viajen. Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca". Y le creo porque ella lee. Porque sus maestros fueron los contenidos de infinidad de libros que llenaron su cabeza de ideas, conceptos, consejos, recuerdos, reglas y momentos que aunque hagan parte de su conocimiento no impidieron que se creara una personalidad, una voz, una Leila. Y precisamente uno de mis miedos con respecto a esta carrera es perderme entre órdenes perfectos y estructuras exactas de noticias, y que llegue el día en que mis frases no le ericen la piel a nadie. Entonces yo no sería "nadie".
Y dicen que "nadie" lee y aunque es cierto que el porcentaje a disminuido, también es cierto el hecho de que está profesión de palabras  se convirtió en un negocio y alguien estableció que para vender hay que publicar poco, frío y específico. Sin quitarle el mérito a la noticia, que es claramente necesaria, creo que se le ha quitado la oportunidad y nos la hemos dejado quitar, de escribir crónicas, como dice Leila, que 'el auge de la crónica' es una gran mentira'. Seguramente no todo el mundo estará encantado de sentarse en un sofá a leer y preferirá ver un reality show, pero seguramente hay mucha gente que no conoce la crónica porque no está a su alcance.
Además, aunque ya no sean tantos, la gente sí lee, de otra manera esta entrada no existiría. La lectura es la base de todo y es muy grave afirmar que nadie lo sabe.
Me imagino que muchos están aburridos por nuestra culpa, porque se nos olvidó contar bien historias, sin dejar de ser reales, pero que lleven a cualquier lector a sumergirse en el relato y navegar junto al autor, viendo con la mente las imágenes, oyendo cada conversación, sabiéndola cierta y emocionante. Tal vez se nos olvidó por el miedo inventado a "morir de hambre".
Pero como recomienda Leila en 'Arbitraria', el periodista debe ser un ser HUMANO, que corre por cada historia, capaz de captar todo, de sentirlo todo. Sin miedo de adentrarse en el alma del relato, valeroso para encontrarse con los desconocido, incluso lo aburrido. Dispuesto a hacer cosas vergonzosas, nuevas, dispuesto a equivocarse, a perder, a caerse y a aprender. Y sobretodo que tenga algo que decir sin perder jamás el respeto por la humanidad que relata.
Son esos retos que propone Guerriero  que realizados forman la experiencia de un buen periodista, de uno especial que deje los pasos sembrados en cada hoja de papel. Un periodista como el que quiero ser yo.

martes, 6 de septiembre de 2011

Objetos que ocupan mi sala (A propósito de “Objetos que ocupan mi mesa de trabajo de George Perec”)

Desde que mi tía me lo heredó, el sofá ha sido mi trono. Ha soportado mi ligero peso desde hace casi dos años, cuando llegué a Bogotá, sola. Supongo que alguna vez mi sofá fue beige, hoy es un collage de grises, amarillos pollitos, manchas de té, yogurt, coca-cola y polvo acumulado que se resistieron a salir de los poros de la tela. Cuando mi lucha contra el mugre finalizó, me di cuenta que el asunto se solucionaba poniéndole una tela que salió de una bufanda que nunca usé y que tenía estampado de flores rojas y negras. Llegué al consenso con mi compañera de apartamento, María José, de ponerlo en el espaldar y debo aceptar que el resultado fue muy bueno.
En el sofá nunca falta mi manta morada y mi cojín gris, acompañados de las hojas de lectura torpemente subrayadas que se quedan encima casi todas las noche, luego de mi intensa jornada de lectura. Mi resaltador anaranjado, casi sin tinta, también encuentra su lugar en el sofá, los ganchos invisibles para mi pelo irremediablemente rebelde, una lima, un lápiz sin punta y una crema de caléndula para combatir la resequedad de los labios
Enfrente del sofá esta la mesa de madera maciza, sobre la que cae uno de mis elementos favoritos de mi espacio favorito de la casa, un mantelito de color crudo que en sus extremos tiene varias líneas de conchas. Sobre él está mi planta, un trébol morado que me regaló mi abuela y que parece embrujado o con muy buena suerte porque a pesar de la falta de agua, siempre está retoñando, inclinándose hacia el sol que dependiendo del clima de Bogotá, entra por la inmensa ventana a la que le da la espalda el sofá. En otra esquina hay un platico plateado al que María José, en su obsesión por ocupar todos los recipientes, llenó de unas piedritas vidriosas que recogió en un viaje a la costa con un ex novio suizo que no ha podido superar y que tal vez nunca lo hará. Al lado del platico está un florero que le hace juego y el que claramente fue ocupado por María José con una flor roja de fantasía que le regaló otro ex novio, ese sí superado. En la mesa también está mi toque de desorden crónico que decora todos los rincones de mis espacios, las tazas blancas todavía con la bolsita de English Breakfast Tea adentro, uno que otro envoltorio de brownie y lo que nunca falta en mi vida, un esmalte. El de hoy era de color azul, mañana podrá ser cualquiera de mi colección: fucsia, rosado fluorescente, anaranjado, azul aguamarina ,morado, rojo, verde navidad, rosado más clarito, amarillo, verde claro, azul cielo, vinotinto, vinotinto más claro, café y gris.
Debajo de la mesita están mis pantuflas rosadas con la cara de un cerdito  adelante, mirando un cuadro que compré un domingo en el mercado de las pulgas en Usaquén. Es la cara ladeada de una niña de pelo rubio y largo, adornado por pequeñas flores de todos los colores. Tiene los ojos grandes y cansados, la sonrisa tranquila, como si se fuera a dormir, tal vez se parece a mí.
Justo debajo del cuadro hay dos sillas rojas, de esas que parecen de bar. Creo q nadie se ha sentado ahí jamás, son incómodas y frías pero se ven lindas. Junto al sofá está la pequeña chimenea que no he estrenado por mi miedo al fuego y sobre ella una repisa de mármol que sostiene dos velas, una más grande que la otra, de color beige ambas y que usualmente prendo cuando estoy triste para hacer el ambiente melancólico y dejar salir lo malo para dejarle espacio a lo bueno.
Justo al lado de las velas, puse mis violetas, mis flores favoritas. Hay dos, una se llama Antonia y la otra Emilia. Todos mis amigos creen que estoy loca porque les hablo, pero es que ellas están igual de vivas a mí.
También en esa repisa está la foto de mis papás. Parece que hubiera dejado la imagen de los modelos en blanco y negro que van con los portarretratos recién comprados. La foto fue tomada hace 10 años en una finca en La Calera, posan sentados uno junto al otro mirando a la cámara, mi mamá abraza a mi papá y él le coge las manos. Es la foto que más quiero, de las personas que más quiero y suele ayudarme en los momentos de lectura solitaria en la sala.
A un lado de la foto está el ipod con su amplificador: nunca puede faltar Andrés Cepeda, Carlos Vives, los Beatles, Ana y Jaime, Jarabe de palo, Cold Play, Gilberto Gil, Serrat, Rosario, Calamaro, Vicentico, Fito Páez, Bob Marley, Queen, Caetano Veloso y Bruno Mars.
Siempre he creído que la música es para recordar, hay un momento, una persona que vuelve a la mente con cada tonada y la verdad es que me gusta recordar.
Con la expectativa de seguir llenando mi espacio de recuerdos, he terminado de enumerar los que están en mi sala.