Me encontraba en un inesperado viaje sin plata por los Estados Unidos. Estaba en las vacaciones de una exigente pero excelente maestría en periodismo literario que se llevaba a cabo en ese país, cuando mis compañeros gringos decidieron enseñarme un poco de la cultura del norte con el objetivo de disipar mi nostalgia por la salsa, el merengue y el sabor de Colombia.
Era un verano donde todos, menos yo, estaban colorados y un tanto deshidratados. Habíamos pasado por Arizona, Nuevo México, Texas y por fin se acababa mi tormento de unas vacaciones sin bañarme, sin vallenato y con gringos.
Eso era lo que yo creía. El día que partíamos de ese desierto de música country, unos hippies borrachos se acercaron a nuestra van y arrojaron por la ventana del copiloto boletas para el concierto de una tal Janice Joplin.
Un grito unísono proveniente de todos mis amigos me dejó sorda por un par de segundos y luego me atreví a preguntar quién era la hippie loca que aparecía en los papeles. Y como si hubiera insultados a sus madres, mis compañeros de viaje emitieron sonidos desconocidos todavía para mis oídos latinos, pero por su expresión comprendí que no debí haber dicho nada.
Así que hicimos escala una vez más en Lafayette, una pequeña ciudad de Luisiana. Parqueamos en un terreno enorme, donde acampaban miles de jóvenes más en nuestro mismo plan. Algunos llevaban ahí varios días. No les importaba traer la misma ropa desde el mes pasado o no tener ni una gota de agua para bañarse o beber. Todo estaba bien si quedaba alcohol, marihuana y mucha paz.
Esa noche era el excesivamente esperado concierto de Janis. Todos decían que aunque no era linda, tenía la mejor voz de todo el mundo y que sus conciertos era una experiencia increíble.
A las 8 p.m. un reflector súper potente iluminó la cara demacrada y cansada de todos los asistentes y las miradas se dirigieron al improvisado escenario, donde ya estaba puesto el micrófono y los instrumentos de fondo.
Mis amigos se habían compadecido de mi baja estatura y habían logrado introducirme en la primera fila.
De pronto el redoble de tambores, los gritos ensordecedores, el movimiento de luces y allí estaba ella. Una pequeña mujer envuelta en trapo de colores, collares, botas militares y un par de anteojos redondos que impedían la visualización de la pequeña cara. De repente yo estaba sumergido en el etéreo mundo de Joplin.
Y entonces cantó Summertime y todo se redujo a mirarla y a investigar cómo era posible que semejante vozarrón saliera de ese diminuto cuerpo y cómo era posible que una canción tan ajena a mí lograra erizarme todo.
Entré en un trance junto a esa mujer que no dejaba de lanzar patadas al aire y bailar bruscamente con la base del micrófono. En un segundo todo acabó y por un impulso me introduje en los camerinos. Nadie parecía notarme, todos corrían y de repente sentí que alguien rapaba de mis manos un termo con agua que llevaba. Era Janice, evidentemente sedienta.
Me miró mientras tomaba y le dije –hola- me gustó lo que hiciste allá afuera.
Sin bajar la mirada, endureció la expresión y no me dijo nada.
-Soy de Colombia- le dije y de nuevo su mirada se suavizó. –Pero si eres africana por qué no eres negra-.
Le expliqué la ubicación de mi país y parecía impresionada, no sé por qué.
Me agarró del brazo y me sentó en un rincón, en el piso.
JJ:¿ Cómo llegaste hasta acá?
AG: La verdad no sé. No sabía quién eras, supongo que fue presión de grupo.
Frunció el ceño
JJ: ¿Por qué me dices la verdad?
AG: Porque tengo nervios y no sé decir mentiras en inglés.
Rió un poco.
AG: ¿Dónde aprendiste a cantar así?
JJ: Llorando.
Entonces me acordé de mi profesión y entendí que aquella era una entrevista, la más difícil de mi vida.
AG: Entonces has tenido que llorar mucho, pero no entiendo por qué alguien como tu llora. Tienes absolutamente todo.
Sus mejillas redondas y escurridas temblaron, abrió su boca estirada hacia los lados e hizo lo que yo llamaría un puchero.
JJ: Si viniste a criticar ¿ por qué mejor no te vas? No necesito otra perra que me diga lo que tengo que hacer.
AG: Perdón (bajé la cabeza). Entonces explícame por qué lloras.
JJ: Por los hombres (se quitó las gafas redondas y destapó dos ojos ovalados y verdes irritados por las lágrimas o la droga)
AG: Increíble que vengamos de mundos tan diferentes y suframos por lo mismo.
Rió
JJ: Igual si no existieran yo no sería feliz.
AG: ¿Por qué?
JJ: Porque soy fea y soy famosa por gritar duro.
AG: Yo soy fea y no soy famosa, creo que ahí gané.
Rió de verdad, arrugó los ojos y mostró los dientes amarillos.
JJ: Pero tu pelo no es como el mío (se agarró la melena larga y esponjaba que le caía sobre la espalda) Ves? Es horrible, no lo puedo controlar, me gustaría cortármelo pero entonces ya no podría moverlo cuando canto.
AG: La gente te ama con el pelo que sea.
JJ: No, la gente ama la idea de mi. O sino no estaría sola o hablando con alguien que acabo de conocer. La verdad es que todos los que trabajan acá son unos desgraciados que se creen hippies, pero en verdad quieren ser ricos, tener un chihuahua y una casa Beverly Hills.
AG: Entonces, ¿tienes novio?
JJ: Tengo muchos y muchas, demasiados diría yo. Mi problema es que doy todo a todos. Cada vez que salgo a cantar, lo hago.
AG: Y ¿qué pasa cuando no estás allá arriba?
JJ: Básicamente no existo, ni siento, ni veo, ni sufro ni soy feliz. (Me enseñó su muñeca izquierda. Dos esparadrapos la ahorcaban) ¿Ves? Eso es lo que hago cuando estoy sola, pero ni siquiera puedo matarme… ni eso logro. Tengo las mismas cicatrices en las piernas, ¿quieres verlas?.
AG: No, gracias. P>ero por qué te cortas las piernas, así no creo que tu muerte sea muy exitosa.
JJ: En esta vida sólo hay dos opciones. Morir o volar. Tal vez si me corto las piernas, que son las que me atan a este mundo de mierda, pueda volar.
(La sorpresa me invadió el rostro y no puede evitar comparar mi cordura con su envidiable locura)
AG: ¿Sabes? Nunca se me había ocurrido. Si tuviera tus ideas escribiría un libro.
JJ: ¡Ah! Ya lo escribí. Está escondido debajo de la gaveta de mi ropa interior. Creo que eres la primera en saberlo. Si me muero, ya sabes cómo hacerte rica. (Hizo un gesto burlón)
AG: Y ¿qué cosas escribiste en él?
JJ: Todo. Desde mi primer perro hasta tal vez tú.
(Se quitó las dos boas de plumas que adornaban su blanco cuello, una camiseta de algodón blanco cubría su anoréxico torso y su diminuto busto).
AG: ¿Y en qué gastas toda la plata que ganas en esto?
JJ: La mayoría se la roban. Lo que queda me la fumo. ¿Sabes qué? Quiero que te vayas, ya me aburrí.
AG: Ok, Janice. Intenta no morir o volar muy pronto, o por lo menos no antes de terminar tu libro.
(Me agarró la mano, y la apretó con sus uñas sucias y roídas. Como si supiera que no alcanzaría a terminar de escribirlo, como si supiera que un día yo estaría escribiendo esto).
JJ: Yo sólo quiero sentirme bonita una vez.( Y se le empañaron los ojos tristes).
AG: Cada parte de ti lo es.
Y me soltó la mano, quedó tendida en el piso como sin esperanzas de poder volar y a los pocos días, mi nueva amiga había escogido la otra opción de la vida, la muerte. Por fin lo había logrado.
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