viernes, 21 de octubre de 2011

Cambio a narrador periférico "Una terapia de patadas y danzas"

A las 7 de la noche en la bodega enorme de la Séptima con 55 donde funciona la academia de Capoeira ‘Nativos de minas’, los estudiantes se preparaban para una nueva lección. Inmediatamente llegué fui abordada por varios empleados de la academia que insistían en darme una lección gratis, “sin compromiso”, para que decidiera matricularme. Les reiteré varias veces que sólo quería quedarme a ver una clase,  y por fin se resignaron y haciendo me ofrecieron el piso como asiento y se fueron.
Finalizaba en ese momento una clase para niños como de ocho años. Estaban acalorados y hacían los ejercicios de estiramiento con dificultad. La exigencia de la clase era alta pero estaban contentos, tal vez de salir de ella. Al otro lado del salón, cinco mamás esperaban a sus hijos con botellas de líquido en las manos y las maletas del colegio.
De pronto, un moreno de pelo enredado caminó hacia  un instrumento musical ubicado en un rincón del gran salón. Era raro: Un tambor alto de madera, forrado en cuerda. El hombre golpeó la superficie del tambor rápidamente por unos segundos y  los que estaban en la pista de ejercicios se retiraron aliviados. Esa era la señal para cambiar de clase. Esperé a que apareciera alguien para la siguiente clase, pero ya estaban ahí, en el piso de arriba, que no alcanza a ser un piso sino una especie de altillo al que se llega por unas escaleras metálicas en espiral.
6 personas, tres hombres y tres mujeres bajaron por la empinada escalinata. Estaban impecablemente uniformados, con pantalones blancos y anchos que eran  sostenidos por una cuerda trenzada de color verde que usaban como cinturón. Los hombres eran todos muy altos y dos de ellos tenían el pelo largo. No expresaban prisa por iniciar la clase y era imposible todavía identificar al profesor.
El salón en casi su totalidad está dedicado al área de ejercicios, que consiste en un tapete de recuadros rojos y anaranjados en un material parecido al foami; en una de las paredes hay un espejo que la ocupa casi totalmente y que está roto en una esquina. Por la forma del agujero parece haber sido causado por una patada voladora. El salón tiene un aire bohemio, relajado, como la música de percusión que nunca se apaga, incluso cuando no se está dictando clase.
Sin ninguna separación, está al lado del tapete de ejercicios una sección de casilleros metálicos, muchos no cierran y otros dan la sensación de estar cayéndose. La luz blanca y brillante que ofrecen dos lámparas muy grandes que caen del techo, deja ver que al lado de los casilleros hay una serie de instrumentos que no se parecen a ningún otro. Unos palos largos de los que están amarrados cuerdas como las de guitarra, óvalos hechos en guadua como una especie flauta y objetos geométricos de madera maciza.
En ese momento apareció caminando a toda prisa una joven como de unos 20 años, de pelo negro, blanca, con ojeras y muy delgada. Probablemente, ella también había tenido un mal día. Era evidente por las manchas rojas que coloreaban su nariz y sus párpados, que había estado llorando. Tenía el ceño profundamente fruncido, los labios contraídos, los puños apretados y marcaba los pasos sobre el piso con mucha fuerza. Venía con el uniforme de Capoeira puesto y cuando sus compañeros la saludaron ella frunció todavía más el ceño, esbozó una sonrisa de mentiras, botó la maleta al piso, se cogió una cola de caballo y pronunció una sarta de groserías al aire y sin sonido.
El profesor, que finalmente era uno de los hombres altos de pelo largo que había bajado por las escaleras, empezó a hablar en portugués y de un brinco todos estaban en sus posiciones, tomando distancia.
El profesor, que tenía la voz dulce y se veía más joven que sus alumnos, gritó una palabra en portugués, irreconocible, y entonces todos empezaron a hacer el paso básico de la Capoerira. Consiste en deslizar diagonalmente los pies en punta hacia atrás. Ellos le agregaban un movimiento característico. La joven del pelo negro parecía que flotaba, los pies le daban ligereza al cuerpo que se inclinaba suavemente dirigido por los pies. Por el espejo se veía todavía su mirada perdida, como en otro mundo, mientras el resto se movía por inercia. De nuevo una palabra rara y el paso se aceleró, pero esta vez lanzaban puños hacia el frente que alternaban las manos abiertas y cerradas. Otra vez un grito, y con la pierna derecha estirada hacían un círculo vertical en el aire que era acompañado por la mano extendida. La mujer del ceño fruncido relajaba un poco los músculos de la frente.
Con otra instrucción inentendible hicieron una fila y uno por uno, guiado por el profesor, se lanzaba de espaldas al vacío y formaba un puente con la espalda, se levantaba rápidamente sin sentarse y el movimiento se repetía avanzando. De pronto en la niña ya no había arrugas entre las cejas, hizo contacto visual con sus compañeros quienes ya empezaban a sudar y que tenían los pantalones que antes eran blancos, grises. Se reían porque no todos podían, otros se caían sin quejarse y entre ellos se hacían porras, menos la del pelo negro.
Volvieron a sus puestos y continuaban levantando manos y pies a gran velocidad y al ritmo de una música trival brasilera que sonaba de fondo. Consistía en cantos, tal vez lamentos que eran acompañados por tambores.
Otra vez una palabra rara:¡Fashá!, dijo el profesor y todos, a excepción de la joven que llegó molesta, hicieron mala cara. Ella como primera voluntaria se ubicó al lado del profesor, apoyó la cabeza y las manos sobre el piso y elevó las piernas, el profesor ayudó a ubicarlas en forma de L y luego ella sola comenzó a girar todo el cuerpo usando los brazos. Todos aplaudieron y por primera vez, ella sonrió de verdad.
El estiramiento fue doloroso para algunos que no lograban abrirse totalmente de piernas y que en consecuencia eran empujados hacia abajo por el profesor y todo su peso. Se escuchó a las 8 el sonido del tambor grande y todos se apresuraron a tomar agua.
La cara de la joven había tomado un color rosado, las arrugas habían desaparecido, las manos se movían sueltas y libres mientras ella en un rincón hablaba y  se reía con sus compañeros.
Luego de un momento de recreación todos se abrigaron y salieron juntos a la carrera séptima. Estaban relajados, tranquilos, sin problemas.
Era envidiable, pero también era evidente el cambio de actitud y de gestos en la joven. Tal vez más que un deporte, más que un danza, más que dar un puño o una patada, es una terapia. Sirve para eliminar los dolores y las rabias, para dejarlas flotando con un movimiento y continuar con la ajetreada vida en una ciudad contaminada y un tanto agobiante.

Entrevista con un personaje de "Desayuno con Jonn Lennon y otras crónicas del rock"

Me encontraba en un inesperado viaje sin plata por los Estados Unidos. Estaba en las vacaciones de una exigente pero excelente maestría en periodismo literario que se llevaba a cabo en ese país, cuando mis compañeros gringos decidieron enseñarme un poco de la cultura del norte con el objetivo de disipar mi nostalgia por la salsa, el merengue y el sabor de Colombia.
Era un verano donde todos, menos yo, estaban colorados y un tanto deshidratados. Habíamos pasado por Arizona, Nuevo México, Texas y por fin se acababa mi tormento de unas vacaciones sin bañarme, sin vallenato y con gringos.
Eso era lo que yo creía. El día que partíamos de ese desierto de música country, unos hippies borrachos  se acercaron a nuestra van y arrojaron por la ventana del copiloto boletas para el concierto de una tal Janice Joplin.
Un grito unísono proveniente de todos mis amigos me dejó sorda por un par de segundos y luego me atreví a preguntar quién era la hippie loca que aparecía en los papeles. Y como si hubiera insultados a sus madres, mis compañeros de viaje emitieron sonidos desconocidos todavía para mis oídos latinos, pero por su expresión comprendí que no debí haber dicho nada.
Así que hicimos escala una vez más en Lafayette, una pequeña ciudad de Luisiana. Parqueamos en un terreno enorme, donde acampaban miles de jóvenes más en nuestro mismo plan. Algunos llevaban ahí varios días. No les importaba traer la misma ropa desde el mes pasado o no tener ni una gota de agua para bañarse o beber. Todo estaba bien si quedaba alcohol, marihuana y mucha paz.
Esa noche era el excesivamente esperado concierto de Janis. Todos decían que aunque no era linda, tenía la mejor voz de todo el mundo y que sus conciertos era una experiencia increíble.
A las 8 p.m. un reflector súper potente iluminó la cara demacrada y cansada de todos los asistentes y  las miradas se dirigieron al improvisado escenario, donde ya estaba puesto el micrófono y los instrumentos de fondo.
Mis amigos se habían compadecido de mi baja estatura y habían logrado introducirme en la primera fila.
De pronto el redoble de tambores, los gritos ensordecedores, el movimiento de luces y allí estaba ella. Una pequeña mujer envuelta en trapo de colores, collares, botas militares y un par de anteojos redondos que impedían la visualización de la pequeña cara. De repente yo estaba sumergido en el etéreo mundo de Joplin.
Y entonces cantó Summertime y todo se redujo a mirarla y a investigar cómo era posible que semejante vozarrón saliera de ese diminuto cuerpo y cómo era posible que una canción tan ajena a mí lograra erizarme todo.
Entré en un trance junto a esa mujer que no dejaba de lanzar patadas al aire y bailar bruscamente con la base del micrófono. En un segundo todo acabó y por un impulso me introduje en los camerinos. Nadie parecía notarme, todos corrían y de repente sentí que alguien rapaba de mis manos un termo con agua que llevaba. Era Janice, evidentemente sedienta.
Me miró mientras tomaba y le dije –hola- me gustó lo que hiciste allá afuera.
Sin bajar la mirada, endureció la expresión y no me dijo nada.
-Soy de Colombia- le dije y de nuevo su mirada se suavizó. –Pero si eres africana por qué no eres negra-.
Le expliqué la ubicación de mi país y parecía impresionada, no sé por qué.
Me agarró del brazo y me sentó en un rincón, en el piso.
JJ:¿ Cómo llegaste hasta acá?
AG: La verdad no sé. No sabía quién eras, supongo que fue presión de grupo.
Frunció el ceño
JJ: ¿Por qué me dices la verdad?
AG: Porque tengo nervios y no sé decir mentiras en inglés.
Rió un poco.
AG: ¿Dónde aprendiste a cantar así?
JJ: Llorando.
Entonces me acordé de mi profesión y entendí que aquella era una entrevista, la más difícil de mi vida.
AG: Entonces has tenido que llorar mucho, pero no entiendo por qué alguien como tu llora. Tienes absolutamente todo.
Sus mejillas redondas y escurridas temblaron, abrió su boca estirada hacia los lados e hizo lo que yo llamaría un puchero.
JJ: Si viniste a criticar ¿ por qué mejor no te vas? No necesito otra perra que me diga lo que tengo que hacer.
AG: Perdón (bajé la cabeza). Entonces explícame por qué lloras.
JJ: Por los hombres (se quitó las gafas redondas y destapó dos ojos ovalados y verdes irritados por las lágrimas o la droga)
AG: Increíble que vengamos de mundos tan diferentes y suframos por lo mismo.
Rió
JJ: Igual si no existieran yo no sería feliz.
AG: ¿Por qué?
JJ: Porque soy fea y soy famosa por gritar duro.
AG: Yo soy fea y no soy famosa, creo que ahí gané.
Rió de verdad, arrugó los ojos y mostró los dientes amarillos.
JJ: Pero tu pelo no es como el mío (se agarró la melena larga y esponjaba que le caía sobre la espalda) Ves? Es horrible, no lo puedo controlar, me gustaría cortármelo pero entonces ya no podría moverlo cuando canto.
AG: La gente te ama con el pelo que sea.
JJ: No, la gente ama la idea de mi. O sino no estaría sola o hablando con alguien que acabo de conocer. La verdad es que todos los que trabajan acá son unos desgraciados que se creen hippies, pero en verdad quieren ser ricos, tener un chihuahua y una casa Beverly Hills.
AG: Entonces, ¿tienes novio?
JJ: Tengo muchos y muchas, demasiados diría yo. Mi problema es que doy todo a todos. Cada vez que salgo a cantar, lo hago.
AG: Y ¿qué pasa cuando no estás allá arriba?
JJ: Básicamente no existo, ni siento, ni veo, ni sufro ni soy feliz. (Me enseñó su muñeca izquierda. Dos esparadrapos la ahorcaban) ¿Ves? Eso es lo que hago cuando estoy sola, pero ni siquiera puedo matarme… ni eso logro. Tengo las mismas cicatrices en las piernas, ¿quieres verlas?.
AG: No, gracias. P>ero por qué te cortas las piernas, así no creo que tu muerte sea muy exitosa.
JJ: En esta vida sólo hay dos opciones. Morir o volar. Tal vez si me corto las piernas, que son las que me atan a este mundo de mierda, pueda volar.
(La sorpresa me invadió el rostro y no puede evitar comparar mi cordura con su envidiable locura)
AG: ¿Sabes? Nunca se me había ocurrido. Si tuviera tus ideas escribiría un libro.
JJ: ¡Ah! Ya lo escribí. Está escondido debajo de la gaveta de mi ropa interior. Creo que eres la primera en saberlo. Si me muero, ya sabes cómo hacerte rica. (Hizo un gesto burlón)
AG: Y ¿qué cosas escribiste en él?
JJ: Todo. Desde mi primer perro hasta tal vez tú.
(Se quitó las dos boas de plumas que adornaban su blanco cuello, una camiseta de algodón blanco cubría su anoréxico torso y su diminuto busto).
AG: ¿Y en qué gastas toda la plata que ganas en esto?
JJ: La mayoría se la roban. Lo que queda me la fumo. ¿Sabes qué? Quiero que te vayas, ya me aburrí.
AG: Ok, Janice. Intenta no morir o volar muy pronto, o por lo menos no antes de terminar tu libro.
(Me agarró la mano, y la apretó con sus uñas sucias y roídas. Como si supiera que no alcanzaría a terminar de escribirlo, como si supiera que un día yo estaría escribiendo esto).
JJ: Yo sólo quiero sentirme bonita una vez.( Y se le empañaron los ojos tristes).
AG: Cada parte de ti lo es.
Y me soltó la mano, quedó tendida en el piso como sin esperanzas de poder volar y a los pocos días, mi nueva amiga había escogido la otra opción de la vida, la muerte. Por fin lo había logrado.







Conversación con Daniel Arias

En una escondida bodega de la Séptima, un grupo de jóvenes se reúne a hacer buena música todos los martes a las 7 de la noche. Había escuchado que eran ellos uno de los únicos grupos que le dedicaba un poco de tiempo a la samba, a la romántica y dulce que parece extinguirse entre los gritos y bailes del Carnaval de Rio.
Como esperaba, encontré a cuatro hombres de mi edad que entonaban una canción de Vinicus de Moraes, Voce abusou. Lejos y detrás de la batería, en el fondo del iluminado y polvoriento salón estaba Daniel “El genio”, le dicen así porque a sus 21 años sabe más de música que cualquier experto.
Cuando terminaron la canción, se acercaron los cuatro y le expliqué al cantante que quería hablar con alguno de ellos sobre la música y la samba. “Aquí el que más sabe es Daniel. El man es un duro y es al único que no le da pena”. Y efectivamente Daniel se acercó con una sonrisa enorme y hablando duro, se sentó junto a mi en el piso y brindamos con una cerveza.
AG: Me dijeron que eres el que más sabe de samba. ¿Te importa si te grabo?
(seguía con la sonrisa enorme)
DA: (Risas) No, quién sabe, en unos años te puedes hacer rica con eso. Bueno, lo que yo te puedo decir es sobre percusión, sobre lo mío. La samba tiene de raíces africanas, indígenas precolombinas, y europeas, sobretodo de Portugal. Empieza de manera muy rústica con la llegaba de los esclavos africanos a América, en forma de cantos y rituales dirigidos por la percusión como protagonista. Sin embargo, instrumentos de cuerda acompañan la melodía. Se agrega entonces un componente musical importante que le da a la samba un toque rítmico de percusión.
AG: Discúlpame la ignorancia, pero ¿cuáles son los instrumentos de percusión de la samba?
El pandeiro, la tambora, el redoble  y …. Se me olvidó el otro (risas). Pero yo los toco todos, el caso. Son los que marcan el ritmo de la samba que se puede dividir en música romántica con influencias del fandango europeo y música 2/4 de velocidad o ritmo continuo.
AG: Tengo entendido que estudias administración, ¿cómo puedes saber tanto de música?
DA: Mujer, soy músico por ilusión y amor, y baterista de planta. Cuando pequeño estuve en Brasil y vi la samba en su estado natural. Créeme que es algo que me ha gustado siempre. Además en el CESA también dan clases de historia de la música.
AG: Y ese amor del que tu me hablas ¿es a la música o es la inspiración?
DA: Son las dos. Yo creo que la música y el amor se hicieron al tiempo, sobretodo la samba. No hay nada que signifique que una canción en la voz de Caetano Veloso. A mi el amor me ha servido, cuando lo tengo y cuando no. Pero si te puedo decir que la felicidad y el dolor del amor sólo se puede describir con música. Aunque la verdad es que me han roto el corazón tantas veces que creo que mi único y verdadero amor es la música.
AG: Me llama la atención tu banda, primero no tiene nombre y segundo tocan samba vercao en vez de tropipop.
DA: Este es un proyecto musical sin nombre, sin razón de ser, sólo es… Nuestra música es la integración de gustos y de similitudes pero aquí donde me ves toco vallenato. Mi instrumento favorito es un acordeón y Wisin y Yandel me parecen la ‘chimba’. Lo que te digo es que no tocamos samba por revelarnos y por ser diferentes, tocamos porque eso envuelve una cultura y una forma de vida de la cual queremos de algún modo, hacer parte.
AG: Definitivamente eres un amante de la música…
DA: Soy el fan número uno de la música. Va de la mano conmigo, al punto quue no es un simple hobby, es parte fundamental de mi vida. Entonces se vuelve un complemento en todos los aspectos, y siempre estoy explorando nuevas cosas , empecé con batería, hoy estoy con tamboras y acordeón, mañana no sé…
Y así, con el último sorbo de cerveza se terminó la charla y partí satisfecha con un personaje de esos que no se pueden dejar pasar, con un loco por la música, un administrador y un colombiano que sueña con un cielo brasilero sin olvidar su suelo patrio.